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No es tan difícil como creía...

Creo que es más complicado crear de la nada cosas. Pero por otro lado, es más sencillo grabar la voz de uno leyendo.

Y ha aquí dos ejemplos:

Crimen Pluscuamperfecto de María Soledad Arellano:

Sorpresa de Fredric Brown

Hay que tener una paciencia de oro, eso sí... Pero nada del otro mundo. Creo que me falta velocidad, pero eso ya se dará con el tiempo, espero.

A rope in the cliff

Nobody knows
who went up there,
who put the rope
in the top of the cliff.

It was a man
or a young girl
who expect
a warm breeze
or a kind letter?

They lost the hope,
lost the light,
whit the sun,
whit the moon,
whit the sky
in the middle
of the night?

They dead
in the morning,
the rope closed
his eyes...

Or only
is a rope in the cliff,
the wind brought it
and I imagine
horrible things.

Note: Short (intent of) poem.

Henry y sus cuatro niños ciegos



1
Tal cual, todos ellos estaban privados de la vista.

Wagner, el mayor, seguido de Edward y luego los gemelos, Jim y Louis. Los cuatro tenían los ojos lechosos, abiertos como platos, fijos en el horizonte del día o de la noche.

Decir que eran sus hijos es tan sólo un decir. El orfanato donde las criaturas se habían criado, había ardido hasta los cimientos. Henry sólo pudo sacar a esos cuatro por pura suerte. A veces, aún tenía pesadillas con aquella noche. Los gritos de los chicos le quitaban el sueño, envolviéndolo en un frio sudor alrededor de su cuerpo. Y el sólo pensar en que en lugar de sal hubiera fuego sobre su piel, hacía que definitivamente no pensara en volver a dormir. Sus niños habían salido ilesos, dentro de lo que cabía. Wagner y Louis habían nacido ciegos, pero Edward y Jim, en un afán de escapar de las llamas y salvar a su hermano respectivamente, fueron alcanzados por una explosión de las lámparas de aceite de sus dormitorios, con tan mala suerte que unas minúsculas gotas de aquel líquido hirviendo, fueron a aterrizar sobre la cara y ojos de los chicos. Poco a poco fueron perdiendo la vista sin que Henry ni nadie pudieran hacer nada. Edward veía luces cuando una lámpara estaba encendida cerca de él, así como el resplandor del día en el exterior, decía. Y Jim, describía una especie de túnel del que nunca alcanzaba el final, hubiese luces cerca de él o no. Wagner y Louis vivían en la perpetua oscuridad, empleando luego su tiempo en enseñar a comprender a los otros dos el mundo de las tinieblas.

Lo cierto era que ya no se trataban de niños. Ni tampoco eran adultos. Habían pasado varios años desde el incendio, pero de igual manera, necesitaban a Henry. Y él no estaba dispuesto a abandonarles.

Se habían convertido en una familia.

El fistol del diablo

Bueno, ese libro pasó algo interesante. Una anécdota que no mucha gente sabe por lo irreal de la situación... 
¿O les ha pasado?

Cuéntenme, no quiero creer que soy la única loca....

Como decía, hay algo de irrealidad.

¿Saben cómo se siente cuando tienen algo nuevo en sus manos y no paran de usar ese objeto todo el santo día o días?

Me ha pasado un par de veces. El libro It de Stephen King, por ejemplo, todos saben que tiene poco más de 1500 páginas en español y en su edición de bolsillo. Yo lo terminé en nueve días y hay gente que lo ha leído en menos tiempo que eso y no es que sea impresionante o algo para presumir, es que el libro es extremadamente llevadero, comprensible, te deja con ganas de más y no paras hasta el final.

Ahora bien, Harry Potter y la orden del fénix, tiene poco más de 800 hojas en su edición en español. Lo leí en cuatro días. Repito, hay gente que lo ha leído en menos tiempo que eso. La letra no es pequeña, la lectura es amena y muy comprensible. Lectura infantil-juvenil. No se menosprecia por ello, pero a lo que voy:

El fistol del diablo, en su edición Porrúa, cuenta con 800 páginas. A doble columna, tipografía pequeña. Es fácil perderte si se te mueve el libro si lo lees en un transporte o algo o alguien te distrae. 

Conocí ese libro en el año 2004. Mi hermana estaba en la universidad y yo en tercero de secundaria. Una tarde de jueves (sé que era jueves porque mi mamá frecuentaban un tianguis en las mañanas), luego de comer, acompañé a mi hermano menor al ciber. Mi hermana ya había salido de clases y al volver a casa, lo hizo con aquel libro.
De buenas a primeras, me llamó la atención el título: El fistol del diablo. Y lo extenso que era. Por entonces, yo no había tenido el gusto de conocer libros así de extensos (sólo había leído cuentos clásicos, el principito y 20,000 leguas de viaje submarino) y mi hermana me vio examinando el libro y me dijo que lo había sacado de la biblioteca y que tenía que devolverlo el lunes. Que ella no lo iba a leer, que lo sacó para saber cómo usar la biblioteca y sus préstamos de material.
Le dije que si me dejaba leer y dijo que sí, sólo que fuera cuidadosa.
Me fui al ciber con mi hermano y el libro. La hora entera me la pasé leyendo, haciendo pausas ocasionales para ayudar a copiar y pegar información a la tarea de mi hermano.
Y la tarde y noche me la pasé leyendo. El viernes no me lo llevé a la secundaria, pero nada más volver a casa, fui sobre el libro. El sábado me la pasé leyendo y el domingo, de visita a mis abuelos, lo llevé conmigo. Desde el amanecer hasta que oscureció, leí. El lunes, mi hermana se lo llevó de vuelta a la biblioteca  no volví a verlo de nuevo sino hasta el 2010, cuando lo compré.

Pero en todo ese tiempo estuve dudando, que no era posible que lo hubiera acabado. Que quizás pasé las hojas sin leer...
Y cundo lo compré, lo leí enseguida, y conforme fui avanzando me dí cuenta de que sí, lo recordaba todo, incluso el final, que no me había gustado mucho. 
Entonces... No sé, quizás si lo leí, pero no es que confíe mucho en mi memoria. Por otra parte, fue una novela precursora para que leyera El conde de Montecristo. Hay mucha influencia de Dumas en Payno. 

Lo que encontré en lo que me dejaron

En octubre pasado, falleció mi abuelo paterno. 

A sus 94 años, dejó el mundo en medio de una agonía y semiiconsciencia. Y meses antes a eso (años, incluso), ya había perdido el conocimiento de su realidad y de sí mismo. 

Me parece de poco gusto llevar música a los cementerios, pero creo que si alguien merecía la canción "My way" (A mi manera) de Frank Sinatra, en casi toda la extensión de la letra la mereció ese hombre. 

Y después del funeral y de varios días (un mes, quizás), se hizo la repartición de lo que había pertenecido a mi abuelo. 

Entre otras cosas (y a sabiendas de mi gusto por la lectura), mi padre decidió que debía ser yo la nueva propietaria de un pequeño lote compuesto en su mayoría por libros y documentos.
He de confesar que no tenía la más remota idea de que mi abuelo fuera lector. Nunca le vi leer otra cosa que no fueran los diarios locales (aunque siempre admiré su vista, ya que, pese a su edad, nunca necesitó de gafas de lectura). Aunque, ciertamente, aquellos libros no eran muchos.
Como dije. el lote era pequeño. Una caja oblonga de cartón de cincuenta centímetros de ancho por sesenta de altura. Había libros, ciertamente, aunque no demasiados. Pero me sorprendió que, dentro de lo que cabía, estaban bien conservados pese a los años que tenían. Casi todos ellos databan de 1910 a 1940, siendo el más "nuevo" una publicación de 1960 y el más viejo, un volumen de 1916.
El libro más viejo está escrito en francés y latín. Pero se entiende perfectamente que su contenido trata sobre la filosofía espiritual. Otro de los libros se llama "El libro de los Espíritus" de Allan Kardec. 

Lo que llamó mi atención, como ya se ve, fue el hecho de que esos libros tenían como temática principal el espiritismo.

No sabía que mi abuelo fuera asiduo a esos temas (era católico, aunque no iba a misa los domingos) ni nunca le oí hablar sobre temas sobrenaturales. Ni Dios ni el Diablo ni los muertos, brujas u otra criatura mitológica o popular estaban en su léxico. Pero luego de pensarlo detenidamente, aquellos libros no podían haber sido suyos. Es decir, el libro más viejo lo era más que su edad. Habían sido suyos, si, pero era más que obvio que habían estado guardados por muchos años y él no les había prestado el menor interés. Habían sido de alguien más, algún pariente mayor a él.

Mi abuelo había tenido hermanos mayores. Habían sido siete hijos en total de los que mi abuelo había sido el cuarto y último de los hermanos en reunirse con el resto de los suyos en el más allá. Por delante de él habían vivido tres hermanos más y hasta donde yo sabía, el segundo hermano de mi abuelo había fallecido muy joven. a los quince años, ahogado en una laguna que el paso del tiempo hizo desaparecer y donde ahora hay viviendas que se inundan en épocas de lluvias.

Y luego de los libros (cuando terminé por fin de verlos), revisé una pila de papeles amarillentos que había por debajo de ellos.

Documentos y folios amarillentos, algunos escritos a mano y otros impresos.

Por mucho que hubiera querido ir más aprisa en la exploración, no pude hacerlo. El trabajo y demás deberes sociales delimitaban mi tiempo (y aún lo hacen).
Y créanme que, si mi juicio  estuviera gobernado por más vena religiosa, habría abandonado la lectura de todos aquellos papeles. No es que digan cosas terribles o diabólicas. 
Es que más bien, el propietario de todos aquellos libros (y digo así, propietario, porque ya me ha quedado claro quién fue el verdadero dueño de esa caja), era poseedor de una imaginación prodigiosa.

Me da pena pensar que esa mente tan inquieta se apagara tan pronto.
Sí, el dueño no había sido otro que ese muchacho quinceañero.

Y por si fuera poco, a inicios de febrero, mi padre trajo otra caja consigo desde la casa de su difunto progenitor. Otra caja muy similar a la primera, aunque en su contenido hubieran más pilas de papeles que libros. Con sólo ojearlos supe que esa letra era igual a la de los papeles de la primera caja. 

A modo de introducción he escrito esto. 

No es fácil descifrar la letra de ese joven tío-abuelo. 

Todos tienen fechas al inicio. Por lo que también debo ordenarlos de forma cronológica.